Entre fuego y lodo

En el municipio de San Juan del Río, Querétaro, cerca de 500 familias dependen de la fabricación de tabiques. En Tequisquiapan también se practica este oficio que es heredado entre generaciones. Los productores de tabique han buscado que los costos de producción sean menores, lo que les ha llevado a usar combustibles que causan problemas reproductivos y del desarrollo, afectan a los sistemas inmunitario y hormonal, e incluso pueden causar cáncer. La falta de un seriedad del gobierno de Querétaro para analizar la producción de tabiques resulta en que sus regulaciones siguen siendo demasiado restrictivas para los tabiqueros de la región, llegando incluso a declarar esta práctica como una fuente de contaminación que debe ser erradicada, o cuando han implementado programas lo hacen sin consultar a los productores, sin capacitarles debidamente o dejarles la infraestructura necesaria.

Encontré una piedra gris, y le dije:
Tenemos que resucitar.

– Juan Eduardo Cirlot

Chingarle en una ladrillera es una chinga. Empiezas antes de que salga el sol, al menos si eres avispado y no quieres quemarte. Pero si te amaneció a las 8:00 o 9:00 de la mañana, ya te chingaste; de que te vas a quemar, te vas a quemar. 

Llegas y comienzas a batir el barro y estiércol. Meterte descalzo a ese batidillo la neta sí cuesta al principio, pero ya con la costumbre, ni siente el pinche frío. Al principio hay que pelearle machín; esta madre se pone bien dura y hay que revolverla bien.

Una vez que la mezcla está bien batida, te pones a moldear. El moldeado es distinto en cada horno. Hay veces que hay un morro moldeando y el otro acarreando la arcilla, y otras veces cada uno tiene su molde y su carretilla, allí se la llevan.  Depende qué tan jodido está el horno. El chiste que ahí andas encorvado casi todo el día.

Y espérate a que se te ponga dura la mezcla. Si andas bien chicho ahí en el molde, y no vas de vez en cuando a batir, esa madre, como te digo, se pone bien dura. Por eso ves que con algunos hay un morro que se la pasa ahí embarrándose las patas todo el día, para que la mezcla no se ponga dura.

Cuando terminas el moldeado, ya te dieron la una o dos de la tarde. La pinche espalda te duele de a madres. Mandas al chalán por la coca y las tortillas, o en el peor de los casos, vas tú por una pinche cocota y las tortillas para echar taco, porque el hambre es canija. Yo, por ejemplo, me cargo mi gansito o que mi pan, para almorzar en la mañana, pero hay algunos que no comen hasta la hora de la comida. Ya te sientas ahí en la sombra y, si te sobra tiempo, te echas una jetita, porque la chinga del día aún no termina.    

Después de la comida, lo que sigue es acomodar los tabiques que ya se secaron, si es que no vas a llenar o vaciar el horno. Para eso ocupas más manos, porque entre dos o tres, llenas el horno en dos días, fácil. Por eso, si no te toca quemar, te pones a hacer estas cosas todo el día, para que ya por ahí de las 5:00 o 5:30, le eches una guardada a todo y una media chainada y termines el día.  

Si te toca quemar ese día, ahora sí que depende de que consigas la gente para llenar el horno, mínimo unos cinco, lo bueno es que le puedes decir a tus camaradas y por sus 100 varos y la chela siempre jalan. 

Lo que la mayoría hace es citarlos en la mañana para que no queme tanto el sol, y como hormiguitas, uno va acarreando los tabiques en la carretilla, otros lo van pasando y otros están dentro del horno acomodándolos para que entren todos y a todos les pegue el calor una vez que lo prendan. Si le chingamos machín, en unas tres o cuatro horas el horno ya está lleno. Ya nada más te quedas a cerrarlo si es de los viejitos, pero si es de los nuevos, ya chingaste, ya viene cerrado. 

Lo que sigue es prender el quemador para que ahora sí empiece a jalar el horno. La neta sí tiene su maña prenderlo. No le tienes que retacar de madera, porque si no, no entra el aire y nomás no prende. Le pones ahí a medio quemar al inicio porque si no, nunca te va a prender.  

Una vez que prendió y que empezó a calentar, el chiste es que se mantenga lo más caliente posible. Le ponemos, dependiendo del quemador, un mecanismo para que se mantenga así. Si tienes de los hornos nuevos y tienes la turbina, ya chingaste, porque a ese sólo es estar atizándole madera; el aire es constante ahí, así que se mantiene caliente todo el rato. Pero si no tienes de esos quemadores, lo que hacemos es inyectarle vapor para que la presión se mantenga constante y el calor no baje.

Hacemos un mecanismo donde hay un tubo de metal con un orificio muy chiquito en el frente que lo conectamos a un tambo de agua y lo metemos a la boca del horno. Entonces, como es de metal y está dentro del horno, el agua que está en el tubo se pone a hervir y el orificio al frente sirve para que salga el vapor a presión. Esa misma presión del vapor hace que el horno jale aire para adentro y se mantenga caliente. Parece contraintuitivo, porque le estas echando agua al fuego, pero así es como le hacemos para que agarre macizo; es como si le pusieras un ventilador que sopla todo el rato.

Ya que todo eso está funcionado al 100, te tienes que quedar ahí todo el rato que está prendido, hasta que el calor les llegue a todos los tabiques, unas 20 horas mínimo. Cada quien se reparte la chamba: unos se quedan todo el rato atizándole, otros se dividen el día, un rato unos, otro rato otros; o la noche unos y el día otros, ahora sí que al gusto de cada quien.  

Y estas son las chingas que nos metemos todos los días aquí haciendo tabique. Luego depende de la suerte que tengas; si ya tenías el ladrillo apalabrado, viene el camión y se lo lleva recién salido del horno, pero si no, lo tienes que sacar y apilar por en tu terreno hasta que lo puedas vender y vengan por él, porque no pueden quedarse mucho rato dentro del horno. 

Y oye, ¿a poco sí contaminamos mucho como dicen?

Entre fuego y lodo

La gente que vive día a día entre fuego y lodo. Desgraciadamente no pueden hacer nada, como dice José Pérez, tabiquero que mantiene el legado familiar de trabajar el tabique de forma artesanal: “´tamos aquí a la voluntad de Dios”. 

José, desde los 12 años trabaja en los hornos ladrilleros de su papá a compañía de sus otros tres hermanos. Hoy tiene 63 años y sigue trabajando junto con su esposa, su hija y un peón. Ser ladrillero y trabajar el barro es un oficio artesanal que se transmite y aprende de generación en generación.

En el municipio de San Juan del Río, Querétaro, cerca de 500 familias dependen de la fabricación de tabiques. En la demarcación hay más de 100 hornos ladrilleros, según Samuel Vega presidente del comité de ladrilleros en San Pedro Ahuacatlán.

El problema de este proceso, está en el propio proceso. La única manera de acelerarlo es metiendo más manos, pero más manos implican más salarios que pagar, y el dinero en los tabiques no llega tan rápido ni se genera a diario. En promedio, por horno trabajan siete u ocho personas, dependiendo de la carga de trabajo o el momento en el proceso de elaboración.

En el horno de José Pérez se producen cerca de cinco mil tabiques cada 15 días. Hacer un tabique le cuesta un peso con 50 centavos, y dependiendo de la demanda de tabique y de que el comprador no regatee mucho, puede venderlo a dos o tres pesos con 50 centavos.

Quitando el sueldo del peón, deja a José Pérez con 2 mil 500 pesos para vivir los próximos 15 días hasta que salga la otra producción de tabique. Si eso que le queda de ganancia fuera solo para él, no habría mucho problema, pero de ese dinero viven, comen y visten, su esposa, su hija y su nieta.

Es por esta razón que los productores de tabique han buscado a toda costa que los costos de producción sean menores, lo que les ha llevado a usar combustibles que causan problemas reproductivos y del desarrollo, afectan al sistema inmunitario, hormonal y algunos causan cáncer.  

Hoy en día, ser dueño de un horno de tabique no te asegura una vida donde solo te preocupas de la producción y recoges las ganancias que tus trabajadores producen. 

Del humo negro al humo gris

Históricamente, se ha asociado el trabajo de ladrillero a paisajes sombríos y oscuros, donde el cochambre, la mugre y la contaminación danzan en perfecta sincronía para crear caos, destrucción y soledad. Así lo representó Frida Kahlo en 1954 en su pintura “Los hornos de ladrillo” … y esta imagen no está muy lejana de la realidad. 

El que el precio del tabique lo establezcan los compradores y no los productores es una de las razones por la cual se ocupaban en el pasado cualquier tipo de combustible en los hornos de tabique: plástico, llantas, aceite, combustóleo, chapopote, madera, basura, todo lo que pueda quemarse y generar calor para que el tabique se pudiera cocer.   

Y es que en los inicios de los hornos ladrilleros, no existía ninguna dependencia gubernamental que regulara qué tipo de combustible se ocupaba para el cocimiento del tabique. 

A pesar de que hoy en día en el Estado de Querétaro existe la Secretaría de Desarrollo Sustentable (Sedesu), las regulaciones siguen siendo demasiado restrictivas para los productores de tabique de la región, llegando incluso a declarar esta práctica como una fuente de contaminación que debe ser erradicada. 

La falta de un seriedad institucional en cuanto al proceso de análisis de la producción de tabiques, junto a la búsqueda de ganancias de productores, han impulsado el uso de contaminantes que provienen de la quema de plásticos y basura en los hornos ladrilleros, como lo son “compuestos clorados”  y los aromáticos polinucleares (PAH por sus siglas en inglés), así como las dioxinas. Estas últimas tienen un potencial toxicológico 10 mil veces más alto que el de los aromático polinucleares y pueden causar problemas reproductivos y del desarrollo, afectar a los sistemas inmunitario y hormonal, y causar cáncer.

Lo anterior fue descubierto en el 2005 por investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Humberto Gómez Ruiz, junto de la investigadora de la Facultad de Química de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) María Beatriz Verduzco, quienes realizaron un trabajo acerca del impacto que tiene el uso de combustibles dañinos para el medio ambiente en las comunidades ladrilleras de los municipios de Tequisquiapan y San Juan del Río, ambos en Querétaro.

En este estudio se muestra que, aunque en México desde 1970 está prohibido usar como combustibles los bifenilos policlorados (PCB), un químico presente en los transformadores de luz eléctrica, la sustancia aún se comercializa. Los aceites utilizados para la combustión en las ladrilleras analizadas estaban mezclados con este contaminante. 

Asimismo, aunque el Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP) requiere que los países adopten medidas para reducir el uso y eliminar de manera ambientalmente racional los equipos, líquidos y desechos contaminados con PCB tan pronto como sea posible, pero a más tardar en 2028, quemar la sustancia para deshacerse de ella no es lo ideal. “Lo que ocurre es que se están deshaciendo de la sustancia de forma criminal”, señaló Gómez Ruiz.

Desde la realización de esta investigación en 2005 y hasta 2009, no se había tomado ninguna acción para reducir los niveles de contaminación en la región. Lo único que se hacía en esa época, recuerda Samuel Vega, representante de algunos tabiqueros, era que “los de Ecología [Sedesu] se acercaban y nos pedían que solo un horno estuviera prendido al día, pero no nos decían nada más”.

Ya en 2009, como iniciativa del gobierno estatal, se instalaron hornos ecológicos llamados hornos MK2, los cuales están diseñados para que el calor no escape con tanta facilidad, a diferencia de los hornos tradicionales, y se utilice menos combustible para cocer más tabique en menos tiempo. Este sistema incluye una turbina de aire en el quemador, que sustituye al quemador tradicional y genera mayor potencia calorífica. Al estar encendidos menos tiempo, se generan menos emisiones contaminantes.

Se instalaron hornos MK2 en todas las ladrilleras del municipio, se les proporcionaron 4 mil litros de combustible biodegradable por cada ladrillera y se instaló la red eléctrica para que funcionaran las turbinas. 

Pero después de eso, sin capacitación para todos los ladrilleros y sin un estudio sobre la efectividad del combustible biodegradable, todas las dependencias gubernamentales que se acercaron a los ladrilleros se esfumaron. Nuevamente, al tabiquero que siempre está solo, lo volvieron a dejar solo.

Para 2012, según se registró en  el Atlas de Riesgo del municipio de San Juan del Río, las principales causas de contaminación del aire eran las emisiones del parque vehicular local y de paso, que representaban el 75% de la contaminación; en segundo término estaban los incendios forestales, ladrilleras y emisiones a la atmósfera de explotaciones de bancos de material. 

Recientemente, en 2022 se anunció que de las 100 ladrilleras que se encuentran en el municipio sanjuanense, 15 formarían parte de un programa piloto de uso de nuevos combustibles, según señaló Marco del Prete, titular de la Sedesu. Sin embargo, de acuerdo con José Miguel Ramos, tabiquero de San Juan, a ninguno de los tabiqueros del municipio les notificaron de este programa.

Samuel hace énfasis en que ahora es más difícil ser ladrillero. “Esas historias que se contaban, donde los ladrilleros se hacían ricos trabajando esto, son muy del pasado, porque ahora todo cuesta un chingo. Antes ibas ahí por donde está la harinera y comprabas tu tambo de chapopote y gastabas mucho menos de lo que sale comprar madera hoy en día”, recordó Samuel.

Según él, es cierto que antes todo se veía negro y oscuro, pero ahora el paisaje es más gris. “Ya casi no tenemos emisiones, todos los que estamos aquí vivimos con el miedo de que somos los más malos de San Juan”.


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